Dejar ir
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Dejar ir
Cuando sostener deja de tener sentido
Hay un momento, casi imperceptible, en el que el ser humano empieza a cansarse de sostener. No ocurre de manera abrupta, ni viene acompañado de grandes señales externas. Es más bien un desgaste silencioso, una sensación interna difícil de explicar, como si algo dentro empezara a cuestionar el esfuerzo constante que implica mantener todo en su sitio: las ideas, las emociones, las expectativas, la imagen que hemos construido de nosotros mismos. Durante mucho tiempo hemos aprendido que vivir consiste, en gran medida, en controlar, en asegurar, en sostener aquello que creemos necesario para estar bien. Y, sin embargo, pocas veces nos detenemos a observar si todo eso que sostenemos realmente lo es.
El doctor David R. Hawkins introduce una propuesta que, cuando se comprende más allá de lo conceptual, transforma profundamente la manera en que nos relacionamos con la experiencia: el sufrimiento no reside tanto en lo que nos ocurre, sino en la resistencia interna a lo que está ocurriendo. Es decir, no es la vida la que pesa, sino el esfuerzo constante por no permitir que la vida sea tal como es en cada instante.
Desde esta mirada, “dejar ir” deja de ser una idea abstracta o espiritual para convertirse en algo extremadamente concreto. No se trata de renunciar a la vida ni de abandonar lo que hacemos, sino de soltar internamente la tensión con la que nos aferramos a aquello que creemos que debería ser de otra manera. Porque el aferramiento no siempre es evidente; no siempre se manifiesta en grandes decisiones o en conflictos visibles. Muchas veces adopta formas más sutiles: un pensamiento que no dejamos de repetir, una emoción que tratamos de evitar, una expectativa que condiciona nuestra calma, una necesidad constante de que las cosas encajen con lo que habíamos imaginado.
A lo largo de la vida vamos aprendiendo a sostener estructuras internas que nos dan una sensación de seguridad. Nos aferramos a una identidad, a una forma de ser, a una narrativa que explica quiénes somos y cómo funciona el mundo. Esa estructura, en su origen, cumple una función profundamente adaptativa. Nos ayuda a organizarnos, a comprender el entorno y a sentir que tenemos cierto control sobre lo que nos rodea. Pero con el paso del tiempo, aquello que en su momento fue útil empieza a requerir un esfuerzo constante para mantenerse. Sostenemos pensamientos que nos limitan porque creemos que nos definen, sostenemos emociones que no hemos permitido atravesar porque nos incomodan, sostenemos expectativas que nos generan tensión porque pensamos que son necesarias.
Y en ese sostener aparece el desgaste.
No es un cansancio físico, sino algo más profundo, más silencioso. Es la sensación de que, por mucho que intentemos ordenar la vida, siempre hay algo que se escapa, algo que no encaja, algo que no podemos controlar del todo. Y es precisamente ahí donde la propuesta de Hawkins adquiere sentido. Dejar ir no implica cambiar lo que ocurre fuera, sino modificar la forma en que nos relacionamos con lo que ocurre dentro. Implica dejar de resistir la experiencia interna tal como se presenta, sin necesidad de justificarla, interpretarla o transformarla inmediatamente.
Cuando aparece una emoción incómoda, la reacción habitual suele ser evitarla o intentar cambiarla. Nos distraemos, la analizamos, la proyectamos hacia fuera o construimos historias que le den sentido. Pero rara vez hacemos algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más desafiante: permitirla sin intervenir. La emoción, por sí misma, tiene una naturaleza transitoria. Aparece, se expresa y, si no es retenida, se disuelve. Sin embargo, cuando la mente se resiste, cuando intenta controlarla o eliminarla, la emoción deja de ser un fenómeno pasajero y se convierte en un estado sostenido.
De alguna manera, no es la emoción la que permanece, sino la resistencia a sentirla.
Este mismo mecanismo se repite en el intento constante de controlar la vida. Creemos que si logramos anticiparnos, organizarlo todo y mantener el control, podremos evitar el malestar. Pero el control, en muchos casos, no es más que una forma sofisticada de miedo. Miedo a perder, miedo a equivocarnos, miedo a no ser suficientes, miedo a que la realidad no se ajuste a lo que necesitamos. Y cuanto más intentamos controlar, más evidente se vuelve que la vida no responde completamente a esa lógica.
Dejar ir, en este contexto, no significa dejar de actuar ni de tomar decisiones. Significa dejar de exigirle a la vida que confirme constantemente nuestra necesidad de seguridad. Es un movimiento interno en el que dejamos de tensarnos frente a lo que no depende de nosotros, permitiendo que la experiencia se despliegue sin añadirle una capa adicional de resistencia.
Aquí aparece uno de los grandes malentendidos: solemos asociar el acto de soltar con la pérdida. Creemos que si dejamos ir, algo importante desaparecerá, que perderemos el control o que nos quedaremos sin aquello que nos sostiene. Sin embargo, cuando se experimenta de forma directa, ocurre algo distinto. Lo que se suelta no es la vida, sino la presión que habíamos creado alrededor de ella. No soltamos la relación, soltamos la dependencia. No soltamos el objetivo, soltamos la necesidad de que ese objetivo determine nuestro valor. No soltamos lo que somos, soltamos la rigidez con la que intentábamos sostener una identidad fija.
En ese espacio comienza a emerger algo diferente. La mente pierde parte de su ruido habitual, las reacciones dejan de ser tan intensas y la necesidad de tener razón empieza a disolverse. No porque hayamos hecho un gran esfuerzo, sino porque hemos dejado de sostener aquello que generaba tensión. Y en ese punto aparece una cualidad que rara vez se puede forzar: la presencia. Una presencia que no nace del control, sino de la ausencia de resistencia.
Si lo llevamos al terreno de la máscara, la conexión es directa. La máscara necesita ser sostenida constantemente. Necesita coherencia, validación, control. Necesita que la realidad se ajuste a su narrativa para poder mantenerse estable. Por eso, para la máscara, soltar resulta amenazante. Implica perder el control sobre la historia que se ha construido. Sin embargo, cuando comenzamos a dejar ir, no desaparecemos. Lo que ocurre es que dejamos de identificarnos completamente con esa estructura. Y en ese proceso aparece algo más profundo, más estable, menos dependiente de lo que ocurre fuera.
Dejar ir no es, por tanto, un acto puntual ni una decisión definitiva. Es una práctica continua, casi imperceptible, que se manifiesta en pequeños momentos del día a día. Ocurre cuando dejamos de alimentar un pensamiento repetitivo, cuando permitimos una emoción sin rechazarla, cuando soltamos la necesidad de tener razón en una conversación o cuando aceptamos que hay aspectos de la vida que no podemos controlar. No son grandes gestos, pero en su acumulación generan un cambio profundo en la forma de experimentar la realidad.
Y quizá ahí reside su verdadera fuerza. Porque, al final, la vida no suele pesar por lo que ocurre, sino por todo aquello que insistimos en no soltar. Cuando empezamos a dejar caer esa carga, no porque debamos sino porque comprendemos, descubrimos que muchas de las cosas que sosteníamos no eran realmente necesarias. Y en ese descubrimiento aparece una sensación de ligereza que no proviene de haber conseguido más, sino de haber dejado de cargar con lo que nunca hizo falta sostener.
Desde aquí, seguimos caminando.






